Memorias de la casa muerta
Memorias de la casa muerta He mencionado al verdugo. Los atributos del verdugo los encontramos en estado embrionario en casi todos nuestros contemporáneos. Pero las facultades más bestiales del ser humano se desarrollan de forma desigual. Si en un individuo dado superan por su grado de desarrollo a los restantes atributos, entonces ese individuo, naturalmente, se convertirá en un ser horrible, monstruoso. Los verdugos pueden ser de dos tipos: algunos lo son por decisión propia; otros son forzosos, por obligación. El verdugo voluntario, lógicamente, es en todos los sentidos más indigno que el forzoso, el cual, sin embargo, es quien causa tanta repugnancia en la gente: una repugnancia que llega al espanto, a la náusea, al terror irracional, casi místico. ¿De dónde viene ese terror supersticioso que inspiran unos verdugos y esa indiferencia, cercana a la aprobación, que producen otros? Hay ejemplos extremadamente pintorescos: he conocido buenas personas, honorables incluso, respetadas por la sociedad, que, sin embargo, perdían los estribos al ver que un condenado soportaba los azotes sin gritar, sin suplicar, sin pedir clemencia. Los castigados deben gritar a toda costa y suplicar clemencia. Así está establecido, eso es lo que se considera conveniente y necesario. Y si la víctima por una vez no había querido gritar, el ejecutor, un individuo a quien yo conocía y que seguramente podría considerarse en otros sentidos una persona bondadosa, se ofendía en tal caso y hacía de ello una cuestión personal. En principio, tenía la intención de ejecutar el castigo de forma leve, pero al no escuchar los habituales «Señoría, amado padre, tenga compasión, permita que rece por su Señoría toda la vida» y cosas así, se enfureció y propinó cincuenta golpes de más con el propósito de oír los gritos y las súplicas, hasta que lo consiguió. «Es intolerable: ya no hay educación», me respondía muy serio. Por lo que respecta al verdadero verdugo, el verdugo a la fuerza, por obligación, la cosa es bien sabida: se trata de un presidiario juzgado y condenado a la pena de deportación, a quien se retiene, sin embargo, en calidad de verdugo. Al principio se le confía a otro verdugo para que le adiestre en el oficio y, tras este aprendizaje, permanece definitivamente en el presidio, donde disfruta de una consideración especial, tiene una habitación aparte e incluso sus propios ahorros, aunque casi siempre está bajo vigilancia. Evidentemente, una persona viva no es una máquina: aunque el verdugo cumpla con su deber al dar los golpes, también puede llegar a entusiasmarse; bien es verdad que, aunque no deje de experimentar cierta satisfacción íntima, casi nunca abriga un odio personal hacia su víctima. La destreza en el golpe, el conocimiento de su técnica, el deseo de exhibirse ante sus camaradas y ante el público, todo esto azuza su amor propio. Se desvela por su arte. Aparte de esto, sabe muy bien que todo el mundo le rechaza, que en todas partes le recibirán y tratarán con un temor supersticioso, y no puede descartarse que esto también influya en él, reforzando su furia y sus instintos más salvajes. Hasta los niños saben que él «reniega de su padre y de su madre». Una cosa chocante, por lo que yo he podido ver, es que los verdugos son siempre personas instruidas, juiciosas, inteligentes y con un amor propio, un orgullo incluso, fuera de lo común. No sabría decir si ese orgullo se ha desarrollado como respuesta al desprecio generalizado que padecen, o si su fuerza radica en la conciencia del terror que inspiran en sus víctimas y en el sentimiento de dominio sobre ellas. Tal vez, la misma aparatosidad y teatralidad de la situación en la que se presentan ante el público, encima de un cadalso, favorezcan el desarrollo en ellos de cierta arrogancia. Recuerdo que durante una época tuve la oportunidad de frecuentar y observar de cerca a un verdugo. Era un individuo de mediana altura, musculoso, enjuto, de unos cuarenta años, con un rostro bastante agradable y avispado, de cabello rizado. Siempre parecía extremadamente serio y sereno; aparentemente se comportaba como un caballero, sus respuestas eran lacónicas, razonables e incluso amables, aunque con una amabilidad un tanto altiva, como si tuviera algún motivo para mostrarse orgulloso ante mí. Los oficiales de la guardia a menudo se dirigían a él en mi presencia y, ciertamente, lo hacían con cierta deferencia. Como era consciente de esto, extremaba a propósito ante los superiores su cortesía, su sequedad y su altivez. Cuanto más amable se mostrara el oficial al dirigirse a él, más intratable parecía el verdugo; aunque no se apartaba en absoluto de su exquisita cortesía, estoy convencido de que en esos instantes él se consideraba infinitamente superior al oficial con el que estaba conversando. Era algo que podía leerse en su rostro. A veces, en los días más calurosos de verano, le enviaban con escolta a la ciudad, provisto de una larga y fina pértiga, a hacer una matanza de perros. En aquella pequeña ciudad había una cantidad desmesurada de perros sin amo que se multiplicaban a una velocidad extraordinaria. Durante la canícula, se volvían peligrosos, y, por orden de la autoridad, se enviaba al verdugo para exterminarlos. Al parecer, ni siquiera esta obligación tan humillante le hacía sentirse rebajado en lo más mínimo. Había que ver con qué dignidad deambulaba por las calles, acompañado de un hombre de escolta ya cansado, asustando con su sola presencia a cuantas mujeres y niños le salían al paso, con cuánta calma y altanería miraba a todos los que se iba encontrando. Por otra parte, los verdugos llevan una vida cómoda. Tienen dinero, comen muy bien, beben vodka. El dinero lo obtienen mediante soborno. Un reo civil, condenado al castigo corporal, siempre le dará algo por anticipado, aunque sea lo último que le quede. En cuanto a los condenados ricos, son los propios verdugos los que les exigen un pago, estipulando una cantidad acorde con los recursos estimados del reo; les cobran hasta treinta rublos, o incluso más en ocasiones. Con los muy ricos se producen largos regateos. Desde luego, no pueden golpear muy flojo a los condenados, pues pondrían en peligro su propia espalda. Pero, a cambio de cierta suma, pueden prometer a la víctima que no le van a hacer mucho daño. Ésta casi siempre accede, pues de lo contrario el castigo podría ser realmente brutal, y eso depende enteramente del verdugo. A veces éste le exige una suma considerable a un reo muy pobre; entonces los parientes van a verle, regatean, le suplican… ¡mal asunto como no quede satisfecho! En tales casos, al verdugo le ayuda enormemente el terror supersticioso que inspira en los demás. ¡Cuántas historias asombrosas no se habrán contado sobre ellos! Lo cierto es que los propios reclusos me han asegurado que un verdugo es capaz de matar de un solo golpe. Pero, para empezar, ¿cuándo ha ocurrido esto? No niego que sea posible: lo decían con mucha convicción. Un verdugo me garantizaba personalmente que él podía hacerlo. También decían que los verdugos saben golpear con todas sus fuerzas en la espalda del criminal sin dejar la menor señal y sin que sienta el menor dolor. La verdad es que sobre todos estos secretos y refinamientos se cuentan demasiadas historias. Pero incluso cuando el verdugo ha aceptado un soborno para ejecutar el castigo con suavidad, el primer golpe lo da, en todo caso, con el mayor empuje posible, con todas sus fuerzas. Es algo que se ha convertido en una costumbre entre ellos. Los golpes siguientes los puede amortiguar, sobre todo si le han pagado por adelantado. Pero el primer golpe le pertenece, le hayan pagado o no. La verdad es que no sé por qué actúan así. Tal vez lo hagan para acostumbrar enseguida a la víctima a los golpes, con el objeto de que, después de uno muy violento, los siguientes, más leves, ya no le resulten tan dolorosos, o tal vez por el simple deseo de darse importancia ante el reo, de aterrorizarle, de dejarle estupefacto desde el primer momento para que comprenda con quién está tratando, por el deseo de exhibirse, en resumidas cuentas. En todo caso, el verdugo se encuentra, antes del castigo, en un estado de excitación; en ese momento es un actor: el público se asombra y se asusta viéndole, y él disfruta al gritarle a su víctima antes del primer golpe: «¡Prepárate, que te voy a achicharrar!», palabras habituales, y fatídicas para la ocasión. Es difícil imaginar hasta dónde puede llegar la degeneración del ser humano.