Memorias de la casa muerta

Memorias de la casa muerta

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En mi primera época en el hospital, no me cansaba de escuchar todas estas historias de los presidiarios. A todos se nos hacía tremendamente aburrida la estancia. ¡Todos los días eran tan parecidos! Por la mañana al menos nos distraía la visita de los doctores, seguida al poco rato por la comida. Como es natural, en medio de aquella monotonía las comidas constituían una distracción notable. Había distintas dietas, en función de las enfermedades. Ciertos pacientes sólo tomaban una sopa con algo de grano; otros únicamente papilla; a otros les daban un plato de sémola, que tenía muchos adeptos. Los reclusos, después de guardar cama una larga temporada, se volvían delicados y apreciaban las exquisiteces. Cuando estaban convalecientes o casi sanos ya, les daban un poco de carne cocida «de toro», como allí la llamaban. La mejor dieta era la de quienes padecían de escorbuto: carne de vaca con cebolla, rábano y demás, rematado a veces con un poco de vodka. El pan podía ser, dependiendo de las enfermedades, negro o medio blanco, suficientemente cocido. Tanta formalidad y detallismo en la asignación de las dietas hacía reír a los enfermos. Naturalmente, en el caso de ciertas enfermedades era el propio paciente el que no quería comer nada. En cambio, los enfermos que tenían apetito comían lo que querían. Algunos se intercambiaban los platos, de modo que los de un régimen pensado para cierta enfermedad iban a parar a quienes tenían otra totalmente diferente. Había pacientes con una dieta blanda que adquirían carne de vaca o raciones para escorbúticos, y bebían kvas y cerveza del hospital, comprándosela a quienes la tenían indicada en su dieta. Todo esto se vendía y revendía por dinero. La ración de carne de vaca tenía un precio muy elevado: costaba quinientos kopeks en billetes. Si no había a quien comprársela en la sala, se mandaba a un guardián a la otra sala de presidiarios; si allí tampoco había, se le mandaba a las salas de los soldados, las salas «libres», como las llamábamos. Siempre se encontraba a alguien dispuesto a vender. Quien lo hacía se mantenía únicamente a base de pan, pero a cambio sacaba algún dinero. Por supuesto, la pobreza estaba extendida, pero los que tenían cuartos se hacían incluso traer del mercado rosquillas, golosinas, y cosas así. Nuestros guardianes hacían todos esos encargos de forma totalmente desinteresada. Después de la comida venían los ratos más aburridos: no teniendo otra cosa que hacer, algunos dormían, otros charlaban, otros discutían, otros contaban alguna historia en alta voz. Si no traían nuevos enfermos, el aburrimiento era aún mayor. La llegada de un nuevo camarada casi siempre producía cierta expectación, sobre todo si nadie le conocía. Le examinaban, intentaban averiguar quién era, de dónde venía, por qué motivo. Los que despertaban mayor interés en este sentido eran los que estaban en tránsito: éstos siempre tenían algo que contar, aunque no sobre sus asuntos privados; sobre estas cuestiones, salvo que tomara la iniciativa el propio interesado, nunca se hacían preguntas. Se preguntaban cosas como «¿de dónde vienes?, ¿con quién?, ¿por qué camino?, ¿adónde vas?», y otras por el estilo. Algunos, al escuchar una nueva historia, recordaban de pronto, como de pasada, algo de su propia experiencia: los diversos traslados, las cuerdas de presos, los alguaciles, los jefes de las partidas. Los azotados también aparecían normalmente en esos momentos, al atardecer. Siempre producían una gran impresión, como ya he comentado, pero no los traían diariamente, y los días en que no venía ninguno reinaba en la sala una especie de desgana, como si todos aquellos individuos estuviesen completamente hartos unos de otros, hasta el punto de que las disputas estallaban fácilmente. Nos alegraba incluso la llegada de los locos, a quienes traían para examinarlos. El ardid de simular la locura para eludir un castigo se usaba ocasionalmente entre los procesados. A algunos les desenmascaraban pronto o, más bien, ellos mismos decidían cambiar de táctica: un recluso que se había pasado tres o cuatro días haciendo locuras, de pronto, como si tal cosa, recobraba la sensatez, se calmaba y empezaba a pedir el alta con pesar. Ni los demás reclusos ni los doctores se lo reprochaban o intentaban avergonzarles, recordándoles sus tretas recientes: sin mediar palabra les daban el alta y los despachaban, y a los dos o tres días estaban de vuelta, tras sufrir el castigo. Por lo demás, tales casos eran en general poco frecuentes. Pero los locos auténticos, cuando los traían para someterles a examen, suponían para toda la sala un verdadero castigo divino. A algunos de estos locos, alegres y vivaces, que gritaban, bailaban y cantaban, les recibían los reclusos al principio casi con entusiasmo. «¡Una distracción, por fin!», decían mirando a uno de esos tipos que nos acaban de traer, y que hacía muecas sin parar. Pero a mí me resultaba muy duro, muy doloroso, ver a esos desventurados. Nunca he podido mirar con frialdad a un loco.


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