Memorias de la casa muerta
Memorias de la casa muerta Además, muy pronto las muecas incesantes y las inquietantes salidas de tono del loco, traído y acogido entre risas, nos habían agotado ya a todos, y a los dos días nadie tenía paciencia para soportarlas más. A uno de éstos le tuvieron unas tres semanas con nosotros, y lo único que nos apetecía era salir corriendo de la sala. Y justo entonces, como hecho a propósito, nos trajeron a otro. Éste me produjo una impresión muy especial. Era mi tercer año de presidio. Durante el primer año o, más bien, los primeros meses de mi vida en prisión, en primavera, había ido con un grupo a una fábrica de ladrillos a dos verstas de distancia, para trabajar junto a los obreros encargados del horno, transportando materiales. Había que reparar los hornos para los futuros trabajos de verano, en los que se empleaban ladrillos. Una mañana, en la fábrica, M…cki y B…ski me presentaron al vigilante, el suboficial Ostrozski, que residía allí. Era un polaco ya mayor, de unos sesenta años, alto, delgado, con un aspecto muy atractivo, majestuoso incluso. Llevaba muchísimo tiempo sirviendo en Siberia y, aunque era de origen humilde (había llegado como soldado procedente del ejército del año treinta), M…cki y B…ski le estimaban y respetaban. Leía constantemente una Biblia católica. Estuve conversando con él, y se mostraba muy amable al hablar, contando las cosas de forma muy juiciosa y amena; parecía realmente bondadoso y digno de respeto… No volví a verle en los dos años siguientes, tan sólo oí decir que le habían abierto una investigación por cierto asunto; de pronto, un buen día, lo trajeron a nuestra sala: era uno de los locos. Entró dando aullidos y risotadas y se lanzó a bailar por toda la sala, haciendo gestos absolutamente indecentes, como si bailara la kamárinskaya. Los reclusos estaban entusiasmados, pero a mí me apenó mucho. A los tres días ya no sabíamos dónde meternos. Él discutía a cada paso, se peleaba, gritaba, cantaba aunque fuera de noche y tenía unas ocurrencias tan repugnantes que todos estábamos ya sencillamente asqueados. No tenía miedo de nadie. Le ponían la camisa de fuerza, pero para nosotros eso era casi peor, aunque sin la camisa estuviera siempre buscando camorra y enzarzándose con casi todos. A lo largo de esas tres semanas, toda la sala se levantó unánimemente en varias ocasiones para solicitar al médico jefe que trasladara aquella joya a la otra sala de reclusos. Pero allí, a su vez, pedían al cabo de un par de días que nos lo devolvieran. Y como resultó que nos encontramos a la vez con dos locos inquietos y pendencieros, entonces las dos salas se los intercambiaban y alternaban. Y lo cierto es que eran a cuál peor. Todos respiramos más tranquilos cuando por fin se los llevaron a otra parte…