Memorias de la casa muerta
Memorias de la casa muerta Me acuerdo también de otro loco pintoresco. Un día de verano nos trajeron a un procesado sano, con pinta muy desmañada, de unos cuarenta y cinco años, con el rostro desfigurado por la viruela, con unos ojillos hinchados y enrojecidos y un aire especialmente lúgubre y sombrío. Lo instalaron a mi lado. Resultó ser un individuo muy pacífico, que no hablaba con nadie y no se movía de su sitio, como si estuviera dándole vueltas a algún asunto. Empezaba a oscurecer cuando de pronto se volvió hacia mí. Directamente, sin más preámbulos, pero con la expresión de quien va a comunicar un secreto extraordinario, empezó a contarme que uno de esos días tendría que recibir dos mil baquetazos, pero que la cosa había cambiado, porque la hija del coronel G. había intercedido por él. Yo le miré con escepticismo y le respondí que, en mi opinión, la hija del coronel no estaba en condiciones de hacer nada. Yo todavía no sospechaba lo que pasaba: no lo habían traído como loco, sino como enfermo corriente. Le pregunté cuál era su enfermedad. Me contestó que no lo sabía, que por alguna razón lo habían traído, pero que estaba completamente sano, y que la hija del coronel se había enamorado de él; que ella, dos semanas antes, había pasado en coche por delante del cuerpo de guardia justo cuando él estaba mirando por los barrotes de la ventana. Le vio y en ese mismo instante se enamoró de él. Desde entonces, había estado tres veces en el cuerpo de guardia con diversos pretextos: la primera vez entró con su padre a ver a su hermano, un oficial que estaba de servicio en la guardia; la segunda, fue con su madre a repartir limosnas y, pasando a su lado, le susurró que le amaba y que le sacaría de allí. Resultaba curioso oírle contar aquella historia tan disparatada, que, evidentemente, había surgido de principio a fin de su mente infeliz y trastornada. Tenía una fe ciega en que se libraría del castigo. Hablaba de su amor apasionado por aquella damisela en un tono tranquilo y confiado; aun teniendo en cuenta la absoluta falta de sentido de su relato, resultaba totalmente incongruente escuchar una historia romántica como aquélla, sobre una muchachita enamorada, de labios de un cincuentón con una fisonomía tan triste, apesadumbrada y poco agraciada. Era asombroso lo que el miedo al castigo había producido en aquel alma asustadiza. Es posible que efectivamente hubiera visto a alguien por la ventana, y la locura, que se estaba gestando en su interior a causa del temor, creciendo de hora en hora, había encontrado repentinamente su vía de salida, su forma externa. Ese soldado desafortunado, que probablemente no habría pensado en toda su vida en señoritas de buena familia, de pronto se inventó toda una novela, en un intento instintivo de aferrarse a ese clavo ardiendo. Yo escuché atentamente su historia sin decir nada, e informé del caso a los demás reclusos. Pero, cuando los otros empezaron a mostrar su interés, él se calló pudorosamente. Al día siguiente el médico le interrogó durante un largo rato y, como él le dijo que no padecía de nada, y efectivamente el examen reveló que estaba sano, le dieron el alta. Pero no supimos que habían anotado el sanat en su hoja hasta después de que los doctores hubieran salido de nuestra sala, de modo que no fue posible prevenirles. Ni siquiera nosotros mismos sospechábamos todavía cuál era el problema principal. Y en realidad todo obedecía a un error de los superiores que nos lo habían enviado, al no explicar con qué fin lo habían hecho. Existía cierta negligencia en este caso. Aunque es posible que ni siquiera quienes lo habían mandado al hospital tuvieran las ideas muy claras y dudaran de su locura, y que, basándose tan sólo en rumores imprecisos, lo hubieran enviado para ponerlo a prueba. De cualquier manera, al infeliz se lo llevaron a los dos días para propinarle su castigo. El cual le cogió, al parecer, totalmente desprevenido: hasta el último instante no pudo creerse que le fueran a castigar, y cuando ya le estaban arrastrando por la formación se puso a gritar pidiendo socorro. La segunda vez no lo ingresaron en nuestra sala, donde no había camas libres, sino en la otra. Pero yo me interesé por su suerte y averigüé que se había pasado ocho días sin decir una sola palabra, y que estuvo muy desasosegado y enormemente triste… Después, cuando se le curó la espalda, se lo llevaron a no sé dónde. Yo, al menos, no he vuelto a tener noticias de él.