Memorias de la casa muerta

Memorias de la casa muerta

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Con respecto a los tratamientos y medicinas en general, por lo que yo pude apreciar, los enfermos leves casi nunca seguían las indicaciones y no tomaban los medicamentos, pero los más graves, y en general los que estaban realmente enfermos, guardaban cama de muy buen grado y tomaban escrupulosamente sus pociones y polvos, aunque los más apreciados entre nosotros eran los remedios de uso externo. Las ventosas, las sanguijuelas, las cataplasmas, las sangrías, remedios tan venerados por el pueblo llano, que tanto confía en ellos, eran muy bien recibidos, con verdadero placer incluso. Una circunstancia singular me llamó la atención: las mismas personas que soportaban con tanta entereza los dolores más espantosos causados por los palos y las varas no era raro que se quejaran, se retorcieran y hasta gimotearan por una ventosa cualquiera. ¿Se habían acostumbrado en exceso a la buena vida, o es que sencillamente se las daban de finos de esa manera? No sé cómo explicarlo. Es verdad que nuestras ventosas eran de un tipo especial. El instrumento con el que se hacen en la piel las incisiones instantáneas lo había perdido o estropeado un buen día el practicante, en tiempos remotos, o tal vez se había estropeado solo; de ese modo, ahora se veía obligado a realizar las incisiones requeridas con una lanceta. Para cada ventosa hay que practicar unas doce incisiones. Con ese instrumento no duele. Tiene doce cuchillitas que actúan a la vez, instantáneamente, y el daño ni se nota. Pero los cortes con la lanceta ya son otra cosa. En comparación, la lanceta corta mucho más despacio: el dolor es apreciable; como para aplicar, por ejemplo, diez ventosas hay que practicar ciento veinte incisiones semejantes, en conjunto la cosa era ya bastante dolorosa, desde luego. Yo tuve que pasar por ello y, aunque fue doloroso y molesto, tampoco lo fue hasta el punto de no poder dominarme y ponerme a lloriquear. En ocasiones resultaba cómico ver a un gigantón, fuerte como un roble, retorciéndose de dolor y empezando a gemir. Todo esto podría compararse con el caso de esos individuos que responden con firmeza y serenidad en las situaciones más comprometidas, pero que en casa, cuando no tienen nada que hacer, se muestran apáticos y caprichosos, no quieren comer lo que les ponen y no paran de discutir y protestar: que si nada está a su gusto, que si todo el mundo les molesta, que si les hacen sufrir…; en una palabra, «se quejan de puro vicio», como se suele decir de esta clase de señores, si bien es verdad que también se encuentra gente así entre el pueblo llano; y en nuestro presidio, dada la convivencia generalizada, se encuentran más a menudo de lo que sería deseable. En nuestra sala a veces ocurría que alguno de estos tipos delicados era provocado por sus compañeros, y había quien le insultaba; entonces él se callaba, como si hubiera estado esperando justamente a que le insultaran para callarse. Uno de los que más detestaba a esa clase de individuos era Ustiántsev, que nunca dejaba escapar la ocasión de meterse con ellos. En general, no dejaba escapar ninguna ocasión de enzarzarse con quien fuese. Para él, se trataba de un placer y de una necesidad, a causa de su enfermedad se entiende, aunque en parte también a causa de su estupidez. Al principio miraba muy serio, fijamente, y después, con voz serena y convencida, empezaba a recitar su sermón. Cualquier asunto le valía: como si le hubieran encomendado el mantenimiento del orden y de la moralidad general.


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