Memorias de la casa muerta
Memorias de la casa muerta —No pasa una por alto —decían los reclusos entre risas. Lo cierto es que le tenían respeto y evitaban discutir con él, y rara vez se reían.
—¡Hay que ver, todo lo que ha contado! Da para llenar tres carros.
—¿Y qué es lo que ha contado? Ya se sabe: no hay que descubrirse ante un necio. ¿Y por qué tiene que gritar con la lanceta? Hay que estar a las duras y a las maduras; hay que tener aguante.
—¿Y a ti qué te importa?
—No, amigos —terciaba uno de los reclusos de la sala—. Esos pinchazos no son nada, ya lo he comprobado; y nada duele más que un buen tirón de orejas.
Todos se rieron.
—¿Es que a ti te han tirado de las orejas?
—Claro que sí. ¿Qué te creías?
—Será por eso por lo que las tienes de punta.
Efectivamente, ese presidiario, Shapkin, tenía unas orejas muy largas, que sobresalían por los dos lados. Era un vagabundo todavía joven, habilidoso y tranquilo, que hablaba siempre con una especie de humor socarrón, cosa que daba un toque muy cómico a algunas de sus historias.