Memorias de la casa muerta
Memorias de la casa muerta —¿Y yo cómo iba a saber que te habÃan tirado de las orejas? ¿Cómo se me iba a ocurrir, cabeza hueca? —intervino otra vez Ustiántsev, dirigiéndose a Shapkin con indignación, a pesar de que éste no se estaba refiriendo a él, sino a todo el mundo en general; pero Shapkin ni le miró.
—¿Y quién te lo hizo? —preguntó alguien.
—¿Quién? El jefe de policÃa, quién si no. Eso, amigos, tuvo que ver con el vagabundeo. HabÃamos llegado a K.; éramos dos: otro vagabundo y yo. Se llamaba Efim, Efim a secas. Por el camino habÃamos dado un buen golpe en casa de un campesino en Tólmina. Ese es el nombre de una aldea: Tólmina. Bueno, el caso es que llegamos y echamos un vistazo, a ver si allà también podÃamos conseguir algo y largarnos después. En el campo no hay obstáculos, pero la ciudad te impone, ya se sabe. Asà que lo primero que hicimos fue entrar en una taberna. Estábamos mirándolo todo, cuando se nos acercó un individuo con una pinta lamentable, con los codos agujereados, vestido a la alemana. Que si esto, que si lo otro.
»—¿PodrÃa preguntaros por vuestros documentos? —nos dice.
»—No —respondemos—, no tenemos.