Memorias de la casa muerta
Memorias de la casa muerta »—Vaya, vaya. Nosotros tampoco. Tengo aquí conmigo a otros dos buenos amigos —dice—, que también están a las órdenes del general Cuco[71]. De modo que me atrevo a pediros una cosa: estábamos aquí un poquillo achispados, pero ahora mismo no andamos muy bien de dinero. Si tuvierais la bondad de ofrecernos media botella…
»—Con muchísimo gusto —le decimos.
»Así que bebimos. Y en seguida nos hablaron de un asunto de robo en una casa, o sea, algo de nuestra especialidad. Había allí una casa, en las afueras, donde vivía un burgués rico, con un montón de bienes; decidimos ir de noche a enterarnos. Pero esa misma noche nos cazaron, nada más llegar a la casa del burgués rico, a los cinco que íbamos. Nos llevaron al puesto de policía, y luego a jefatura. El jefe dijo que nos interrogaría personalmente. Apareció con su pipa, y le trajeron una taza de té. Un tipo enorme, con patillas. Se sentó. Aparte de nosotros, ya habían traído a otros tres más, también vagabundos. Y vaya gente rara son los vagabundos, amigos: no se acuerdan de nada, ya puedes insistir, que todo lo han olvidado y no saben nada de nada. El jefe de policía me espeta: “¿Y tú quién eres?”. Soltó un rugido, como si estuviera dentro de un tonel. Y yo, claro, igual que todos, le digo:
»—Excelencia, yo no me acuerdo de nada, todo se me ha olvidado.