Memorias de la casa muerta
Memorias de la casa muerta »—Espera, que aún tenemos que hablar —me dijo—, esa cara me resulta familiar.
»Me estuvo examinando a fondo, fijamente. Pero yo a él hasta entonces nunca le había visto siquiera. Se dirigió a otro:
»—¿Tú quién eres?
»—Pon-pies-en-polvorosa, Excelencia.
»—¿Así es como te llaman: Pon-pies-en-polvorosa?
»—Así mismo, Excelencia.
»—Bien, sea; tú eres Pon-pies-en-polvorosa, ¿y tú? —le preguntó a un tercero, se entiende.
»—Y-yo-detrás, Excelencia.
»—Pero ¿cómo te llamas?
»—Así me llamo: Y-yo-detrás, Excelencia.
»—Pero ¿quién te ha dado ese nombre, miserable?
»—Las buenas gentes, Excelencia. En este mundo nunca faltan buenas gentes, Excelencia, es cosa sabida.
»—¿Y quiénes son esas buenas gentes?
»—Se me ha olvidado por completo, Excelencia, permítame esperar merced de su magnanimidad.
»—¿Te has olvidado de todos?
»—De todos, Excelencia.
»—Pero tú también tendrías un padre y una madre… ¿Te acordarás de ellos, al menos?