Memorias de la casa muerta
Memorias de la casa muerta »—Hay que suponer que sí los tendría, Excelencia, pero la verdad es que también de ellos me he olvidado por completo; puede que los tuviera, Excelencia.
»—¿Y dónde has estado viviendo hasta la fecha?
»—En el bosque, Excelencia.
»—¿Todo el tiempo en el bosque?
»—Todo el tiempo en el bosque.
»—¿Y en invierno qué?
»—No me he fijado en los inviernos, Excelencia.
»—Bueno, ¿y a ti cómo te llaman?
»—Como-un-hacha, Excelencia.
»—¿Y a ti?
»—Afila-y-no-te-duermas, Excelencia.
»—¿Y a ti?
»—Afila-si-es-preciso, Excelencia.
»—¿Y ninguno se acuerda de nada?
»—No nos acordamos de nada, Excelencia.
»Se queda quieto, riéndose, y ellos le miran con una sonrisa. En cambio, otras veces, como tropieces con él, te dan hasta en los dientes. Esa sí que es gente sana, bien alimentada.
»—Lleváoslos a prisión —dice—, ya me ocuparé más tarde de ellos; pero tú quédate —esto me lo decía a mí—. ¡Ven aquí y siéntate!
»Miro: una mesa, papel, una pluma. Pienso: “¿Qué pretenderá éste?”.