Memorias de la casa muerta
Memorias de la casa muerta »—¡Siéntate en esta silla, coge la pluma y ponte a escribir! —me dice, y me agarra de la oreja y empieza a tirar. Yo le miraba como el diablo al pope.
»—No sé escribir, Excelencia —le digo.
»—¡Que escribas!
»—Tenga piedad, Excelencia.
»—¡Escribe como puedas, pero escribe! —y me seguía tirando de la oreja, sin parar, y luego me la retorcía; os aseguro, amigos, que habría preferido que me sacudieran trescientas veces con la vara: he visto las estrellas—. ¡Escribe de una vez!
—¿Qué le pasaba? ¿Se había vuelto loco o qué?
—No, no se había vuelto loco. Es que un escribiente de T…k, poco antes, había hecho una jugarreta: había cogido dinero del Estado y se había largado; y también tenía las orejas puntiagudas. Lo habían hecho saber por todas partes. Y, como yo encajaba más o menos con la descripción, por eso me preguntaba a mí: quería ver si yo sabía escribir y cómo lo hacía.
—¡Buena historia, muchacho! ¿Y dolía mucho?
—Ya os lo he dicho: dolía mucho.
Resonó una carcajada general.
—Y qué, ¿al final escribiste?