Memorias de la casa muerta
Memorias de la casa muerta —Sí, un comercio. Pero fíjate que en nuestra tierra, entre los propios comerciantes, hay mucha pobreza. Pobreza de verdad. Las mujeres son las que llevan el agua, desde el mismísimo río, a lo alto del barranco, allá arriba nada menos, para regar los huertos; venga a trabajar, dale que te pego, y al llegar el otoño la cosecha no da ni para un triste schi. Una ruina. Pero él tenía muchas tierras, braceros que le labraban sus campos, tres braceros tenía, además de su propio colmenar; comerciaba con miel, y también con ganado, y en nuestra tierra, vaya, se le tenía un gran respeto. Era ya muy viejo, a sus setenta años no podía con sus huesos, tenía los cabellos blancos y era bastante grande. Cuando aparecía en el mercado con su abrigo de zorro, todos le festejaban. Y con sinceridad. «Buenos días, Ankudim Trofímich, bátiushka». «Que tengas buenos días», contestaba. De manera que no despreciaba a nadie. «¡Larga vida, Ankudim Trofímich!» «¿Cómo van tus asuntos?», preguntaba. «Pues nuestros asuntos, blancos como el carbón. ¿Y usted cómo está, bátiushka?» «Seguimos vivos y, pecadores que somos, también holgazaneamos», decía. «¡Larga vida, Ankudim Trofímich!» Así que nunca despreciaba a nadie, y al hablar cada una de sus palabras era tan valiosa como un rublo. Era muy leído, un erudito, siempre estaba leyendo libros sagrados. Sentaba a su vieja mujer enfrente de él: «Escucha, mujer, intenta comprender». Y empezaba con sus explicaciones. La vieja mujer no es que fuera muy vieja; se había casado con ella en segundas nupcias, para tener hijos, pues con la primera no había tenido ninguno. Bueno, con esta segunda, o sea, con María Stepánovna, tenía dos, todavía menores de edad: al pequeño, Vasia, lo tuvo a los sesenta años, mientras que Akulka[72], la hija mayor, tenía dieciocho años.