Memorias de la casa muerta
Memorias de la casa muerta —¿Ésa era tu mujer?
—Espera un poco; primero tenemos a Filka Morózov sacando pecho con sus andanzas. «Tú reparte —le dice Filka a Ankudim—. Dame los cuatrocientos rublos, ¿acaso soy uno de tus obreros? No quiero negocios contigo, ni llevarme a tu Akulka. Yo ahora no quiero ataduras. Mis padres han muerto, asà que me beberé el dinero y después me ganaré la vida; me alistaré como soldado y dentro de diez años volveré a veros convertido en mariscal de campo». De modo que Ankudim le dio el dinero; ajustaron las cuentas, porque el padre de Filka y el viejo habÃan sido socios en los negocios.
»—Eres un perdido —le dijo. Y el otro respondió:
»—Bueno, perdido o no, ya se verá, pero contigo, barba blanca, se aprende a beber la leche gota a gota. Tú pretendes ahorrar de dos céntimos, y recoges toda clase de inmundicias, no vayan a servir para el puchero. Yo escupirÃa en todo eso. Ya puedes ahorrar, que se lo llevará el diablo. Yo soy un hombre de carácter, asà que a tu Akulka no la aceptaré en ningún caso. De todos modos, ya he dormido con ella…
»—¿Cómo te atreves a ofender a un padre honrado y a una hija honrada? —dijo Ankudim—. ¿Cuándo has dormido con ella, grasa de serpiente, sangre de lucio? —y temblaba de pies a cabeza. El propio Filka lo contaba.