Memorias de la casa muerta

Memorias de la casa muerta

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»—Pues no sólo no se casará conmigo —dijo—, sino que me las arreglaré para que tu Akulka ya no se case con nadie; nadie la tomará por esposa, ni siquiera Mikita Grigórich la tomará, pues ahora está deshonrada. Desde el otoño habíamos unido nuestras vidas. Pero yo ahora no llegaría a un acuerdo ni por cien cangrejos[73]. Prueba a darme ahora esos cien cangrejos, y no los aceptaré…

»¡Y vaya si se lo pasó en grande, el mozo! Hasta el punto que la tierra temblaba, y su fama resonaba por toda la ciudad. Reclutó un grupo de camaradas y, como tenía un montón de dinero, estuvo tres meses de parranda, hasta gastarlo todo. “Yo —solía decir—, cuando se me acabe el dinero, venderé la casa, liquidaré todo, y después me alistaré o, si no, me iré por ahí de vagabundo”. Estaba borracho de la mañana a la noche, iba en un coche de dos caballos con cascabeles. Y las chicas estaban locas por él. Tocaba muy bien la tiorba[74].

—Así que con Akulka ya antes había tenido un asunto.





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