Memorias de la casa muerta
Memorias de la casa muerta —Claro, claro —observó Cherevin en un tono flemático—, si no se las pega, ya se sabe… Pero ¿tú la habÃas sorprendido con un amante?
—No, no, lo que es sorprenderla, no la sorprendà —comentó Shishkov tras una pausa y haciendo cierto esfuerzo—. Pero me resultaba muy humillante, me fastidiaban los comentarios de la gente, y el que estaba detrás de todo era siempre Filka. DecÃa: «Tu mujer es como un modelo, sirve para que la gente la mire». Un dÃa nos reunió a un grupo de invitados y se destapa con lo siguiente: «Su mujer es un alma caritativa, noble, atenta, tratable, buena con todo el mundo; ¡asà es ahora su mujer! Pero este joven se ha olvidado de que fue él precisamente quien le embadurnó la puerta de alquitrán». Yo estaba borracho, y él me agarró del pelo en ese momento, y me obligó a bajar la cabeza: «Baila —me dijo—, marido de Akulka, yo te voy a tener asà sujeto del pelo y tú baila para divertirme». «¡Eres un canalla!», grité. Y él: «Iré acompañado a verte, y a tu mujer Akulka la pienso azotar en tu presencia, todo el tiempo que me apetezca». Asà que yo, después de aquello, aunque te parezca mentira, no me atrevà a salir de casa en un mes; «Como venga, me cubrirá de infamia», pensaba yo. Y por ese mismo motivo empecé a pegarla…