Memorias de la casa muerta
Memorias de la casa muerta Desde luego, si Lómov hubiera clavado un poco más a fondo la lezna, habría matado a Gavrilka. Pero de hecho la cosa no pasó de un rasguño. Dieron parte al mayor. Recuerdo que llegó a la carrera, jadeante y visiblemente satisfecho. En un tono sorprendentemente afable, como si se tratara de su propio hijo, se dirigió a Gavrilka.
—¿Qué, amigo, podrás llegar así al hospital por tu propio pie? No, la verdad es que será mejor preparar un carro. ¡Enganchad el caballo! —gritó precipitadamente al suboficial.
—Pero yo, Excelencia, yo no siento nada. Sólo ha sido un ligero pinchazo, Excelencia.
—Tú no lo sabes, tú no lo sabes, hijo mío; ya verás… Es un sitio peligroso; todo depende del sitio; te ha acertado justo debajo del corazón, ¡el muy bandido! Y en cuanto a ti, en cuanto a ti —rugió, dirigiéndose a Lómov—, ¡esta vez sí que te vas a enterar de quién soy yo! ¡Al cuerpo de guardia!
Y efectivamente consiguió que se enterase. Juzgaron a Lómov y, aunque la herida no fuera más que un leve pinchazo, la intención era evidente. Al criminal le prolongaron la condena a trabajos forzados y le dieron mil palos. El mayor estaba más que satisfecho…
Por fin llegó el inspector.