Memorias de la casa muerta
Memorias de la casa muerta Al día siguiente de su llegada a la ciudad, vino a nuestro penal. Era un día de fiesta. Desde hacía ya varios días, todo estaba limpio, pulido y aseado. Los reclusos, recién rapados, llevaban uniformes blancos, limpios. Durante el verano, según el reglamento, había que ponerse chaquetas y pantalones de tela blanca. Cada uno llevaba cosido a la espalda un círculo negro, de unos dos vershok de diámetro. Toda una hora estuvieron enseñando a los reclusos lo que tenían que contestar en el caso de que aquella destacada personalidad los saludara. Se hicieron ensayos. El mayor se agitaba como un poseso. Una hora antes de la aparición del general todos estaban en sus puestos, firmes como estatuas, con las manos en las costuras del pantalón. Por fin, a la una de la tarde llegó el general. Era un general importante, tan importante que, al parecer, los corazones de todos los jefes de Siberia Occidental debían temblar con su llegada. Hizo una entrada solemne y majestuosa; tras él se precipitó el nutrido séquito de autoridades locales que le acompañaban; había varios generales, coroneles. También un civil, un caballero alto y atractivo con frac y botines, igualmente llegado de Petersburgo y que se comportaba con extraordinaria desenvoltura e independencia. El general a menudo se dirigía a él, y con mucha consideración. Esto intrigó notablemente a los reclusos: ¡un civil, tratado con tanto respeto, y encima por un general así! Después se supo su apellido y quién era, pero los comentarios fueron innumerables. Nuestro mayor, que iba ceñido y llevaba un cuello naranja, con los ojos inyectados en sangre y la cara enrojecida y granujienta, no pareció causar al general una impresión especialmente agradable. Como muestra de su absoluto respeto al distinguido visitante, no llevaba gafas. Se mantenía a cierta distancia, tieso como un palo, esperando febrilmente, con todo su ser, el momento en que le necesitaran para cualquiera cosa, con el fin de acudir volando a satisfacer los deseos de Su Excelencia. Pero no le necesitaron para nada. El general recorrió los barracones en silencio, echó un vistazo en la cocina y, por lo visto, probó el schi. Alguien le hizo fijarse en mí: le dijeron quién era, y que provenía de la nobleza.