Memorias de la casa muerta
Memorias de la casa muerta Los acontecimientos, desde el primer paso, parecían hechos a propósito para confirmar mis observaciones y contribuían a mi nerviosismo y mi dolor. En el primer año, yo daba vueltas por el penal casi siempre en solitario. Ya he comentado que mi estado de ánimo me impedía incluso valorar y distinguir a aquellos penados que habrían podido apreciarme, los mismos que más tarde llegarían a apreciarme, aunque nunca hayamos llegado a tratarnos como iguales. Yo también tenía camaradas, de la nobleza, pero esta camaradería no me servía para aliviar el peso de mi alma. Creo que habría preferido no tener ni que mirar, pero no tenía escapatoria. He aquí, a modo de ejemplo, una de aquellas situaciones que, desde el principio, me hicieron ver con toda claridad que estaba aislado y que mi posición en el penal era especial. Una vez, en aquel primer verano, hacia agosto, en un día claro y caluroso entre semana, poco después de mediodía, cuando todos estábamos descansando, como de costumbre, antes del trabajo vespertino, todo el presidio se levantó de pronto como un solo hombre y empezó a formar en el patio. Yo no supe nada hasta ese preciso momento. En aquella época solía estar tan encerrado en mí mismo que no me daba ni cuenta de lo que pasaba alrededor. Y, sin embargo, en el penal hacía ya tres días que existía una sorda inquietud. Puede que esa inquietud hubiera empezado a cundir bastante antes incluso, como más tarde pude comprender al recordar involuntariamente ciertas conversaciones de los presos, así como el encono especial en el trato, el mal humor y la mordacidad que se apreciaba en ellos en los últimos tiempos. Yo lo achacaba a la dureza del trabajo, al tedio de las interminables jornadas veraniegas, a los sueños involuntarios en los bosques y en la añorada libertad, a las noches tan cortas, en las que se hacía muy difícil dormir a pierna suelta. Posiblemente todo esto se había combinado ahora y había explotado, pero el pretexto para la explosión era la comida. Hacía ya días que la gente se quejaba ruidosamente, mostraba su indignación en los barracones y sobre todo cuando se reunía en la cocina para la comida y la cena; había protestas contra las cocineras e incluso probaron a reemplazar a uno de cocina, pero enseguida echaron al nuevo y restituyeron al antiguo. En resumen, todo el mundo estaba nervioso.