Memorias de la casa muerta
Memorias de la casa muerta —Poco te iban a zurrar a ti con esa reclamación. ¡Zopenco!
—Eso es verdad —apunta rezongando uno que hasta el momento no habÃa intervenido—, es fácil de decir, pero luego… ¿Y qué quieres plantear en la reclamación?; eso para empezar, ¿eh, cabezota?
—Ahora os lo diré. Si todo el mundo está de acuerdo, yo mismo hablaré también con los otros. Con los pobres, se entiende. Aquà hay quien puede permitirse comprar su propia comida, y quien tiene que conformarse con lo que le dan.
—¡Mira este envidioso, cómo se fija en todo! Se le van los ojos detrás de lo que tienen otros.
—No te preocupes tanto de lo ajeno, más vale que espabiles y te ocupes de tus cosas.
—¡De mis cosas!… Podemos estarnos aquà dándole vueltas a este asunto hasta que nos salgan canas. Tú debes ser rico, ya que quieres quedarte de brazos cruzados…
—SÃ, rico… Yeroshka sà que es rico: tiene un perro y un gatito.
—¡Es verdad, amigos, no podemos seguir quietos! Ya basta de reÃrles las gracias. Nos sacan la piel a tiras. ¿Por qué no nos movemos?
—¿Por qué? Tú te crees que te lo van a dar todo por las buenas, bien masticadito, como es tu costumbre. ¡Pero esto es un penal, ahà está la diferencia!