Memorias de la casa muerta

Memorias de la casa muerta

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El mayor había llegado a toda prisa; estaba furioso, endemoniado, rojo; llevaba las gafas puestas. Sin decir nada, pero con toda decisión, se aproximó al frente de la formación. En casos como éste, no le faltaba arrojo y sabía conservar la presencia de ánimo. También es cierto que siempre estaba medio borracho. Incluso su gorra grasienta con la cinta naranja y sus sucias charreteras plateadas resultaban en aquel momento de mal agüero. Le seguía el escribiente Diátlov, un personaje de una importancia excepcional en nuestro presidio, cuyas riendas manejaba en realidad, y que tenía influencia sobre el mayor; era un hombre astuto, muy encerrado en sí mismo, pero no era mala persona. Los reclusos estaban contentos con él. Detrás iba nuestro suboficial, que por lo visto ya había tenido tiempo de recibir una reprimenda terrible, aunque aún se esperaba otra diez veces peor; tras él iban tres o cuatro soldados de escolta, no más. Los reclusos, de pie y sin sus gorras desde el momento mismo en que habían ido a buscar al mayor, ahora se habían erguido, recuperando la posición de firmes; cada uno había rectificado la colocación de los pies, al tiempo que se quedaba fijo en el sitio, a la espera de la primera palabra o, mejor dicho, del primer grito del jefe supremo.




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