Memorias de la casa muerta

Memorias de la casa muerta

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Éste no se hizo esperar; desde la segunda palabra el mayor empezó a berrear a pleno pulmón, soltando incluso algún gritillo en esta ocasión: hasta ese punto estaba enfurecido. Desde las ventanas podíamos ver cómo corría a lo largo del frente de la formación, se abalanzaba, hacía preguntas. La verdad es que, debido a la distancia, ni sus preguntas ni las respuestas de los reclusos las podíamos oír. Lo único que alcanzamos a distinguir fueron sus gritos destemplados:

—¡Amotinados!… ¡Ya os caerán buenos palos cuando tengáis que pasar por las baquetas! ¡Provocadores! ¡Tú eres uno de ellos! ¡Tú! —Se lanzó sobre uno.

No pudimos oír la respuesta. Pero al cabo de un minuto vimos cómo se apartaba un recluso y se dirigía al cuerpo de guardia. Un minuto después le siguió otro, y luego otro más.

—¡Os presentaréis todos ante un consejo de guerra! ¡Ya os enseñaré! ¿Quién está ahí en la cocina? —soltó un chillido, al vernos por las ventanas abiertas—. ¡Venid todos aquí! ¡Venga, traedlos aquí de inmediato!

El escribiente Diátlov vino a buscarnos a la cocina. Aquí se le dijo que no teníamos queja alguna. Se volvió de inmediato e informó al mayor.


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