Memorias de la casa muerta
Memorias de la casa muerta —¡Ajá, no tienen ninguna queja! —exclamó, bajando en dos tonos la voz, visiblemente satisfecho—. Da lo mismo, ¡todos para acá!
Salimos. SentÃa que lo hacÃamos con vergüenza. Lo cierto es que Ãbamos con la cabeza gacha.
—¡Ajá, Prokófiev! También Yolkin, y tú, Almázov… Quietos, quietos ahÃ, en grupo —nos decÃa el mayor con una voz algo atropellada pero suave, mirándonos con simpatÃa—. M…cki, tú también estás aquÃ… hay que apuntar los nombres. ¡Diátlov! Ahora mismo hay que apuntar a todos los contentos por una parte y a todos los descontentos por otra, desde el primero hasta el último, y que se me entreguen sus nombres en un papel. ¡Os voy a llevar a todos… ante un consejo de guerra! ¡A todos, sinvergüenzas!
El papel hizo efecto.
—¡Nosotros estamos contentos! —se oyó un grito triste en la muchedumbre de los descontentos, aunque sin mucha decisión.
—¡Ajá, contentos! ¿Quién está contento? Los que estén contentos, que salgan.
—¡Estamos contentos! ¡Estamos contentos! —se sumaron unas cuantas voces.
—¡Contentos! O sea, que os habÃan incitado, ¿verdad? ¿De modo que habÃa provocadores, sediciosos? ¡Tanto peor para ellos!