Memorias de la casa muerta
Memorias de la casa muerta —¡Lo que hay que ver, Señor! —resonó una voz en la muchedumbre.
—¿Quién ha gritado eso?, ¿quién ha sido? —aulló el mayor, corriendo hacia el extremo de donde habÃa surgido la voz—. ¿Has sido tú, Rastorgúyev? ¡Al cuerpo de guardia!
Rastorgúyev, un joven alto e hinchado, salió y se dirigió lentamente hacia el cuerpo de guardia. De ninguna manera habÃa sido él el que habÃa gritado, pero, como le habÃan señalado, no se le ocurrió discutir la orden.
—¡Revienta de puro gordo! —gritó el mayor a sus espaldas—. Fijaos en esa jeta hinchada, ni en tres dÃas… ¡Voy a dar con todos vosotros! ¡Los que estén contentos, que salgan!
—¡Nosotros, Excelencia! —resonaron decenas de voces preocupadas; los demás guardaban un silencio tenaz. Era cuanto necesitaba el mayor. Se veÃa que le interesaba zanjar el asunto cuanto antes, y zanjarlo con algún tipo de acuerdo.
—¡Muy bien, conque ahora todos están contentos! —proclamó atropelladamente—. Eso ya lo veÃa yo… ya lo sabÃa. ¡Todo es obra de los provocadores! Está claro, entre ellos hay provocadores —continuó, dirigiéndose a Diátlov—. Hay que llegar hasta el fondo. Y ahora… ahora todo el mundo a trabajar. ¡Que toque el tambor!