Memorias de la casa muerta
Memorias de la casa muerta Él personalmente presenció cómo se dispersaba la gente. Los reclusos, en silencio y cabizbajos, se marcharon a sus diferentes trabajos, contentos al menos de poder apartarse cuanto antes de su vista. Pero, tras la dispersión, el mayor se fue inmediatamente al cuerpo de guardia y les ajustó las cuentas a los «provocadores», aunque sin demasiada severidad. TenÃa prisa. Uno de ellos, según contaron luego, pidió perdón, y él se lo otorgó de inmediato. Era evidente que no las tenÃa todas consigo e incluso es posible que hubiera pasado miedo. Una reclamación, en cualquier caso, es siempre una cosa que exige mucho tacto, y, aunque en realidad no se podÃa decir que la queja de los reclusos hubiera sido una auténtica reclamación, porque habÃa sido formulada ante el propio mayor, y no ante la superioridad, seguÃa siendo algo incómodo, inadecuado. Lo que más le turbaba era que todos se habÃan alzado unánimemente. HabÃa que sofocar el conflicto a toda costa. A los «provocadores» los soltaron pronto. Al dÃa siguiente mejoró la comida, aunque no por mucho tiempo, la verdad. En los primeros dÃas el mayor empezó a visitar el penal con más frecuencia y a detectar anomalÃas con más frecuencia. Nuestro suboficial iba de acá para allá, preocupado y descentrado, como si todavÃa no hubiera podido salir de su asombro. En cuanto a los reclusos, tardaron mucho tiempo en apaciguarse, aunque ya no estaban agitados como antes, sino alarmados en silencio, como aturdidos. Algunos incluso se sentÃan humillados. Otros, cuando se referÃan a este asunto, lo hacÃan rezongando, y de muy mala gana además. Muchos parecÃan irritados y se burlaban abiertamente de lo que habÃan hecho, como arrepentidos de su reclamación.