Memorias de la casa muerta

Memorias de la casa muerta

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Castigaron al anciano. Se tumbó para recibir los varazos sin hacer ninguna objeción, clavó sus dientes en una mano y soportó el castigo sin emitir un solo grito, un solo gemido, sin hacer el más leve movimiento. Entre tanto, B…ski y T…wski ya habían entrado en el penal, donde M…cki les estaba esperando junto al portón, y se lanzó sin más a abrazarles, a pesar de que nunca les había visto hasta entonces. Alterados por el recibimiento dispensado por el mayor, le contaron todo lo ocurrido con Z…ski. Recuerdo cómo me lo contó M…cki: «Yo estaba fuera de mí, no comprendía lo que me pasaba, temblaba como si tuviera escalofríos. Esperé a Z…ski junto al portón. Debía llegar allí directamente desde el cuerpo de guardia, donde le habían azotado. De pronto se abrió el portillo: Z…ski, sin mirar a nadie, pálido, con los labios descoloridos y temblorosos, pasó entre los presidiarios reunidos en el patio, que ya sabían que habían castigado a un noble, entró en el barracón, fue derecho a su sitio y, sin decir una palabra, se puso de rodillas y empezó a rezar. Los presidiarios estaban admirados, conmovidos incluso. Cuando vi a este anciano —seguía diciendo M…cki—, con el pelo blanco, que había dejado allá en su patria a la mujer y a los hijos; cuando le vi de rodillas, tras haber sufrido un castigo infame, y rezando, salí corriendo del barracón y me pasé dos horas enteras casi sin conocimiento; estaba furioso…». Desde aquel momento, los presidiarios le tomaron un gran respeto a Z…ski y le trataban siempre con mucha consideración. Lo que más les había gustado fue que no hubiera gritado con los varazos.


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