Memorias de la casa muerta
Memorias de la casa muerta No obstante, es preciso decir toda la verdad: a partir de este ejemplo no se puede juzgar en absoluto la actitud de las autoridades en Siberia con los deportados nobles, fueran estos rusos o polacos. Lo único que muestra este ejemplo es que se puede tropezar con una mala persona y, naturalmente, si resulta que esta mala persona es un jefe destacado en algún sitio, la suerte de un deportado, en el caso de que este mal jefe la tome personalmente con él, puede llegar a ser muy complicada. Pero no se puede dejar de reconocer que las más altas autoridades en Siberia, de las que depende el tono y la predisposición de todos los demás jefes, son muy escrupulosas con los deportados nobles e incluso en ocasiones intentan ser con ellos más condescendientes que con los presos del pueblo llano. Las causas de esto son claras: en primer lugar, esas altas autoridades pertenecen también a la nobleza; en segundo lugar, ya se habían dado anteriormente casos de nobles que no aceptaban recibir sumisamente los azotes y se lanzaban contra los ejecutores, con desenlaces horribles; en tercer lugar, y esto es en mi opinión lo principal, hace ya mucho tiempo, treinta y cinco años atrás, había aparecido súbitamente en Siberia una masa de nobles deportados[96], y eran estos deportados los que, a lo largo de treinta años, habían sabido conquistar y mantener el prestigio por toda Siberia, de modo que las autoridades de mi época, obedeciendo a una costumbre ya antigua, heredada, miraban inconscientemente al condenado noble de cierto tipo con distintos ojos que a los demás deportados. En línea con sus superiores, los jefes de menor rango se habían acostumbrado a mirarles del mismo modo, adoptando de aquéllos, se entiende, la actitud y el tono, sometiéndose, plegándose a ellos. Es cierto que muchos de estos jefes de menor rango no veían con buenos ojos estas disposiciones de sus superiores y las criticaban en su fuero interno, y habrían estado realmente encantados a poco que no les hubieran impedido hacer las cosas a su modo. Pero no se lo permitían en absoluto. Tengo sólidas razones para pensar así, y he aquí por qué. La segunda categoría de trabajos forzados, a la que yo pertenecía, y que estaba formada por reclusos adscritos a una fortaleza bajo mando militar, era incomparablemente más dura que las otras dos categorías, es decir, que la tercera (reclusos adscritos a fábricas) y que la primera (a minas). Era más dura no sólo para los nobles, sino para todos los reclusos, precisamente por el hecho de que en esta categoría los jefes y el régimen eran íntegramente militares, muy parecidos a los de las compañías disciplinarias en Rusia. Los mandos militares son más severos, el reglamento más riguroso, siempre con los grilletes, siempre con escolta, siempre bajo llave: todo esto no se da en la misma medida en las otras dos categorías. Al menos eso es lo que decían todos los reclusos del penal, y entre ellos había algunos que conocían bien el asunto. Todos se habrían pasado gustosos a la primera categoría, que de acuerdo con la ley debería ser la más penosa, e incluso soñaban con ello muy a menudo. En cuanto a las compañías disciplinarias, todos los que habían pasado por ellas las recordaban con espanto y estaban convencidos de que en toda Rusia no había nada peor que las compañías disciplinarias de las fortalezas, y pensaban que Siberia era un paraíso al lado de la vida en tales sitios. En consecuencia, si con un régimen tan severo como el de nuestro penal, sometido a la autoridad militar, bajo la mirada del propio gobernador general y, finalmente, teniendo en cuenta los casos (que a veces se daban) de terceras personas que de forma no oficial, bien por malicia o por celo en el desempeño del servicio, estaban dispuestas a denunciar ante quien correspondiera que a los delincuentes de tal categoría determinado jefe mal intencionado les otorgaba privilegios; si en un sitio así, como decía, a los condenados de la nobleza se les tenía una consideración algo distinta a los restantes presidiarios, entonces, con más razón, en la primera y tercera categorías debían de gozar aún de mayores ventajas. Por tanto, basándome en lo que ocurría en el sitio donde yo estaba, creo posible opinar en este sentido sobre el conjunto de Siberia. Todos los rumores y relatos que me llegaban a este respecto, procedentes de deportados de la primera y tercera categorías, confirmaban mi hipótesis. De hecho, a todos los nobles del penal los jefes nos trataban con especial atención y cuidado. En lo referente al trabajo y el régimen de vida no había en absoluto ninguna clase de miramientos con nosotros: las mismas tareas, los mismos grilletes, los mismos cerrojos; en una palabra, todo idéntico a los demás reclusos. Además, ningún alivio habría sido factible. Sé que en aquella ciudad, en aquel pasado cercano, ya tan lejano, había tal cantidad de soplones, tantas intrigas, tantos individuos dispuestos a cavarles la tumba a los demás, que las autoridades, naturalmente, temían cualquier denuncia. ¡Y nada más terrible en aquella época que una denuncia por favorecer a cierta clase de delincuentes! Así, todos sentían algún temor, y nosotros estábamos en las mismas condiciones que los demás reclusos, aunque con respecto a los castigos corporales sí existían algunas diferencias. Es verdad que nos habrían azotado sin el más mínimo reparo en caso de merecerlo, es decir, si hubiéramos cometido alguna infracción. Lo exigía el deber profesional, así como el principio de igualdad ante los castigos corporales. Pero lo que es castigarnos así por las buenas, a la ligera, a nosotros no se nos castigaba, mientras que con los reclusos normales sí se daba, desde luego, esa clase de trato irreflexivo, sobre todo por parte de algunos mandos subalternos y de los partidarios de tomar medidas y de imponer respeto a la menor ocasión. Sabíamos que el comandante, al enterarse de lo ocurrido con el viejo Z…ski, se había indignado enormemente con nuestro mayor y le había advertido de que en lo sucesivo no tuviera la mano tan larga. Eso es lo que todos me contaron. También se supo en el penal que el propio gobernador general, que confiaba en el mayor y le tenía cierto aprecio como funcionario cumplidor y como persona capacitada, al conocer lo ocurrido, le reprendió igualmente. Y nuestro mayor se dio por enterado. Cuánto le habría gustado, por ejemplo, coger en falta a M…cki, a quien odiaba por culpa de las calumnias de A…v, pero nunca consiguió hacerle azotar, y eso que siempre estaba pendiente de algún posible pretexto, persiguiéndole y buscándole las vueltas. Pronto la historia de Z…ski fue conocida por toda la ciudad, y la opinión pública estaba contra el mayor; muchos le afearon su conducta, algunos incluso de forma desagradable. Me acuerdo ahora de mi primer encuentro con el mayor. A nosotros, es decir, al otro deportado noble con el que ingresé en el penal y a mí, nos habían asustado ya en Tobolsk con historias sobre el carácter desagradable de este individuo. Los viejos deportados de la nobleza que se encontraban allí desde el año veinticinco, que nos habían recibido con una profunda simpatía y a los que tratamos mientras estuvimos en tránsito, nos previnieron contra nuestro futuro jefe y nos prometieron hacer todo lo que estuviera en su mano, por medio de sus conocidos, para defendernos de su persecución. De hecho, tres hijas del gobernador general, que habían llegado por entonces de Rusia para visitar a su padre, recibieron unas cartas de ellos y al parecer le hablaron en nuestro favor. Pero ¿qué podía hacer él? Tan sólo le dijo al mayor que tuviera algo más de cuidado. Hacia las tres de la tarde llegamos nosotros, es decir, mi camarada y yo, a esta ciudad, y la escolta nos llevó directamente a presencia de nuestro nuevo amo. Estuvimos esperándole en su antesala. Entretanto, fueron a llamar al suboficial del penal. Nada más aparecer éste, salió también el mayor. Su rostro colorado, granujiento y feroz nos causó una pésima impresión: como una araña siniestra precipitándose sobre una mosca desvalida caída en su tela.