Memorias de la casa muerta
Memorias de la casa muerta —¿Cómo te llamas? —le preguntó a mi camarada. Hablaba deprisa, con brusquedad, a trompicones, y se notaba que querÃa impresionarnos.
—Tal.
—¿Y tú? —continuó, volviéndose a mÃ, mirándome fijamente a través de sus gafas.
—Tal.
—¡Suboficial! Llévelos ahora mismo al penal, que les rapen en el cuerpo de guardia como a civiles, media cabeza, de inmediato; y mañana mismo que les cambien los grilletes. ¿Qué capotes son éstos? ¿De dónde los han sacado? —preguntó de pronto, fijándose en los capotes grises con unos cÃrculos amarillos en la espalda, que nos habÃan proporcionado en Tobolsk y con los cuales nos habÃamos presentado ante los ojos preclaros de Su Excelencia—. ¡Un uniforme nuevo! Seguramente es eso, algún nuevo uniforme… TodavÃa está en proyecto… en Petersburgo… —decÃa, mientras nos hacÃa darnos la vuelta—. ¿No traen nada? —preguntó de pronto al guardia que nos acompañaba.
—Traen su propia ropa, Excelencia —respondió el guardia, poniéndose firme repentinamente, con un ligero sobresalto incluso. Todos le conocÃan, todos habÃan oÃdo hablar de él, todos le tenÃan miedo.