Memorias de la casa muerta
Memorias de la casa muerta He dicho poco antes que a nosotros no nos concedÃan, ni se habrÃan atrevido a concedernos, ningún privilegio, ningún alivio en el trabajo en comparación con los demás reclusos. Una vez, sin embargo, hubo un intento al respecto: durante tres meses, B…ski y yo fuimos a la oficina de ingenieros a trabajar como escribientes. Pero esto se hizo a hurtadillas y lo decidieron los mandos de ingenieros. Quiero decir que seguramente todos los demás que tenÃan que estar al corriente lo sabÃan, pero hacÃan como si no lo supieran. Esto sucedió cuando el destacamento estaba bajo el mando de G…kov. El teniente coronel G…kov nos vino como caÃdo del cielo, estuvo con nosotros muy poco tiempo —si no me equivoco, no pasó del medio año, tal vez menos—, y se marchó a Rusia, dejando una impresión extraordinaria en todos los presos. Los presos no es que le quisieran, es que le adoraban, si se puede usar aquà esta expresión. No sé cómo lo consiguió, pero lo cierto es que les conquistó desde el primer momento. «¡Es como un padre! ¡Un verdadero padre!», decÃan a cada momento los reclusos, en el tiempo en que estuvo al mando de la unidad de ingenieros. Por lo visto, era un vividor increÃble. Era de baja estatura, tenÃa una mirada insolente, arrogante. Pero al mismo tiempo era amable con los presidiarios, casi cariñoso, y les querÃa de verdad, igual que un padre. No sabrÃa decir por qué les tenÃa tal aprecio, pero el caso es que no podÃa ver a un preso sin decirle una palabra afectuosa y alegre, sin reÃrse juntos, sin bromear con él, y lo fundamental es que no habÃa en ello el menor sentimiento de superioridad, nada que expresara desigualdad o que se pudiera tomar como una simple caricia de jefe. Era un camarada, uno de los nuestros, tanto como el que más. Pero a pesar de todo ese talante democrático, que era instintivo en él, jamás se tomaron con él los reclusos ninguna clase de confianzas o se mostraron irrespetuosos. Al contrario. Eso sÃ, al preso que se encontraba con él se le iluminaba la cara, se quitaba la gorra y sonreÃa viéndole aproximarse. Y si el teniente coronel le decÃa algo, era como si le diera un rublo. La verdad es que hay personas asà de populares. Miraba con bravura, andaba siempre con decisión, con gallardÃa. «¡Un águila!», solÃan decir de él los reclusos. Por supuesto, no estaba en su mano aliviar su situación: tan sólo tenÃa mando sobre los trabajos de ingenierÃa, los cuales seguÃan su curso eterno, legalmente establecido para siempre, con independencia del jefe que los dirigiera. Si acaso, cuando se encontraba casualmente con un grupo de trabajo y veÃa que habÃan terminado su tarea, en vez de retenerlos más tiempo del necesario les dejaba marchar antes del toque de tambor. Pero lo que nos gustaba era la confianza que depositaba en los presidiarios, la ausencia en él de puntillosidad mezquina y de irritabilidad, y el que jamás recurriera a un trato humillante en su condición de jefe. Si hubiera perdido mil rublos, creo que hasta el mayor de los ladrones del penal, en caso de haberlos encontrado, se los habrÃa llevado. Estoy totalmente convencido. Con qué profunda simpatÃa se enteraron los presos de que su jefe-águila se habÃa enemistado a muerte con nuestro odiado mayor. Eso ocurrió cuando todavÃa no se habÃa cumplido un mes desde su llegada. En tiempos, nuestro mayor y él habÃan servido juntos. Tras una larga separación, volvieron a encontrarse como viejos amigos y empezaron a correrse juntos sus juergas. Pero de pronto rompieron. Discutieron y G…kov se convirtió en enemigo mortal del mayor. Se decÃa que incluso habÃan llegado a las manos en aquella ocasión, lo cual bien podrÃa ser cierto tratándose del mayor: era amigo de pelearse. Los reclusos, en cuanto se enteraron, se volvieron locos de alegrÃa. «¡Cómo iba a entenderse el Ocho-ojos con alguien asÃ! El otro es un águila, y el nuestro un…», y solÃan añadir algo que no se puede imprimir. HabÃa un interés enorme por saber quién habÃa zurrado a quién. De haber sido falsos los rumores acerca de su pelea (cosa que no se puede descartar), los presidiarios lo habrÃan sentido mucho. «No, seguro que ha ganado el teniente coronel —decÃan—, es pequeño pero valiente; el otro se habrá escondido debajo de la cama, hazme caso». Pero G…kov se marchó al poco tiempo, y los reclusos cayeron de nuevo en el desaliento. La verdad es que todos los jefes de ingenieros que tuvimos fueron buenos: yo vi pasar por allà a tres o cuatro; «Pero nunca volveremos a tener otro igual —decÃan los presidiarios—, aquél era un águila, un águila y además nuestro protector». El caso es que este G…kov nos apreciaba enormemente a todos los nobles, y en su etapa final nos mandó ir a B…ski y a mà a trabajar de vez en cuando a su oficina. Después de su marcha, la cosa se organizó de forma más regular. Entre los ingenieros habÃa individuos (muy especialmente uno)[97] que nos tenÃan una gran simpatÃa. Nosotros Ãbamos allà a copiar documentos, e incluso estábamos mejorando nuestra escritura, pero un buen dÃa llegó una orden de la superioridad para que nos devolvieran inmediatamente a nuestros anteriores trabajos: ¡alguien se las habÃa arreglado para denunciarnos! Por otra parte, no nos vino mal: los dos estábamos ya hartos de la oficina. Después estuve casi dos años trabajando con B…ski, siempre juntos, sobre todo en el taller. Charlábamos, hablábamos de nuestras esperanzas, de nuestras convicciones. Era un hombre excelente, pero en ocasiones sus planteamientos resultaban muy extraños, un tanto extravagantes. No es raro ver a cierta clase de personas, realmente inteligentes, aferradas a veces a ideas totalmente paradójicas. Pero han sufrido tanto en la vida, han pagado un precio tan elevado por esas ideas, que renunciar a ellas les resulta excesivamente doloroso, casi imposible. A B…ski le dolÃa cada réplica que recibÃa y me respondÃa con acritud. Es muy posible que en muchos aspectos tuviera más razón que yo, no lo sé; pero al final nos separamos, y eso me hizo mucho daño: era tanto lo que habÃamos compartido.