Memorias de la casa muerta
Memorias de la casa muerta Entretanto, M…cki se iba volviendo con el paso de los años cada vez más triste y más sombrío. La tristeza le dominaba. Antes, en mis primeros tiempos en el presidio, él era más comunicativo, su alma se abría pese a todo más a menudo y con más amplitud al mundo exterior. Llevaba ya más de dos años en prisión cuando yo llegué. Al principio mostraba un gran interés por todo lo que había ocurrido en el mundo en esos dos años, cosas que él desconocía completamente por haber permanecido en prisión; me interrogaba, prestaba atención, se conmovía. Pero hacia el final, con los años, todo lo sucedido pareció reconcentrarse en su interior, en su corazón. Las brasas se cubrían de ceniza. Cada vez se mostraba más irritado. «Je haïs ces brigands», me repetía a menudo, mirando con odio a los presidiarios, a los cuales yo ya había aprendido a conocer más de cerca, y ningún razonamiento mío en favor de ellos le causaba el menor efecto. No comprendía lo que le decía; alguna vez, distraído, parecía darme la razón, pero al día siguiente repetía una vez más: «Je haïs ces brigands». Por cierto que hablábamos a menudo en francés, y eso hizo que uno de nuestros vigilantes en el trabajo, el soldado de ingenieros Dranishnikov, a saber mediante qué razonamientos, nos llamara praticantes[98]. M…cki sólo se animaba cuando recordaba a su madre. «Está vieja y enferma —me decía—, me quiere más que a nada en el mundo, y yo estoy aquí sin saber siquiera si está viva o si ha muerto. En cuanto a ella, bastante tuvo con saber que me habían azotado…» M…cki no era noble, y antes de la deportación le habían sometido a castigo corporal. Al recordarlo, apretaba los dientes y trataba de apartar la mirada. En los últimos tiempos cada vez era más habitual verle paseando solo. Una vez, poco antes del mediodía, le mandó llamar el comandante. Éste salió a recibirle con una sonrisa alegre.