Memorias de la casa muerta
Memorias de la casa muerta Entretanto, en la prisión había surgido otra clase de inquietud. Los reclusos, a medida que volvían del trabajo, se enteraban de inmediato de lo ocurrido. La noticia se había propagado rápidamente. Todos la acogían con una alegría fuera de lo común, aunque disimulada. A todo el mundo le dio un vuelco el corazón… Aparte de que este suceso rompía la monotonía de la prisión y agitaba el hormiguero, una evasión, y más aún una evasión como aquélla, encontraba una respuesta cordial en todas las almas, en las que volvía a tocar cuerdas que no sonaban desde hacía mucho tiempo; algo parecido a la esperanza, a la audacia, a la posibilidad de cambiar la suerte se removió en todos los corazones. «Si esas personas se han escapado, ¿por qué no…?» Y cada uno, con esta idea, cobraba nuevos ánimos y miraba a los demás con aire desafiante. En cualquier caso, de pronto todos se sentían orgullosos y empezaron a contemplar con desdén a los suboficiales. Ni que decir tiene que la prisión se había visto rápidamente invadida por los superiores. El comandante en persona se presentó allí. Los reclusos estaban envalentonados y miraban de un modo osado, algo despectivo incluso, como diciendo sin palabras, pero con toda firmeza: «Por lo que se ve, nosotros sabemos hacer bien las cosas». Por supuesto, ya se contaba con esa presencia generalizada de superiores. También se contaba con que no faltarían los registros, y todo había sido puesto previamente a buen recaudo. Se sabía que en estos casos los superiores siempre toman las medidas con retraso. Así ocurrió: hubo un gran alboroto; lo revolvieron todo, miraron en todas partes y no encontraron nada, claro. Cuando fueron a trabajar después de comer, los reclusos llevaban una escolta reforzada. Al anochecer, los guardias se informaban de todo lo que ocurría en la prisión a cada momento; recontaron a los presos una vez más de lo habitual y se equivocaron en los cálculos dos veces más de lo habitual. Esto causó un nuevo revuelo: nos hicieron salir a todos al patio y procedieron a otro recuento. Después volvieron a contar de más al hacerlo barracón a barracón… En una palabra, hubo un gran ajetreo.