Memorias de la casa muerta
Memorias de la casa muerta En otra ocasión, el recluso al que iban dirigidas estas palabras habrÃa respondido sin duda al desafÃo, defendiendo su honor. Pero en este caso se calló modestamente. «La verdad es que no todo el mundo es como Kulikov y A…v; primero hay que demostrar lo que uno vale…»
—La verdad, amigos, ¿qué hacemos aquÃ? —rompió el silencio un cuarto, sentado discretamente junto al ventanuco de la cocina; hablaba con cierto tono cantarÃn, que delataba una oculta suficiencia, algo debilitada, y apoyaba una mejilla en la palma de la mano—. ¿Qué hacemos aquÃ? Para estar vivos, no parecemos hombres; para estar muertos, no parecemos difuntos. ¡Maldita sea!
—Esto no es como un zueco que te puedas sacudir del pie como si tal cosa. ¿A qué viene esa maldición?
—Pues mira Kulikov… —quiso terciar uno de los más entusiastas, un mozalbete joven e ingenuo.
—¡Kulikov! —intervino enseguida otro, mirando de reojo, despectivamente, al muchacho ingenuo—. ¡Kulikov!
Eso querÃa decir: ¿es que hay muchos Kulikov?
—Fijaos en A…v, compañeros, ¡qué listo ha sido!
—¡Y tanto! Es capaz de liar al mismÃsimo Kulikov. ¡No hay quien pueda con él!