Memorias de la casa muerta
Memorias de la casa muerta —Lo que me gustarÃa saber, amigos, es si a estas horas andarán ya muy lejos…
Y de inmediato se suscitó la discusión: ¿habrán llegado muy lejos?, ¿qué dirección habrán tomado?, ¿adónde les convendrÃa ir?, ¿cuál es el distrito más próximo? HabÃa allà gente que conocÃa los alrededores. Les escuchaban con interés. Se habló de los pobladores de las aldeas vecinas, y se llegó a la conclusión de que no eran favorables. Los que viven cerca de la ciudad están ya muy curtidos; no sólo no ayudarÃan a los fugados, sino que los capturarÃan y los entregarÃan.
—El mujik de por aquà lleva una vida muy dura, amigos, ¡y menudo es el mujik!
—¡No te puedes fiar de ellos!
—Estos siberianos, orejas saladas[102]… Como no les caigas en gracia, te matan.
—Bueno, pero nuestros compañeros…
—Ya se entiende: a cada cual lo suyo. Y los nuestros tampoco son mancos.
—Ya nos enteraremos, si no nos morimos antes.
—¿Y tú qué crees? ¿Los cogerán?
—¡No los van a coger en la vida! —responde otro de los entusiastas, dando un puñetazo en la mesa.
—Ya; bueno, ahora veremos cómo se va desarrollando todo.