Memorias de la casa muerta
Memorias de la casa muerta —Pues lo que yo pienso, amigos —interviene Skurátov—, es que, si yo fuera vagabundo, no me cogerÃan en la vida.
—¿A ti?
Estallan las risas; algunos ponen cara de no querer ni oÃr. Pero Skurátov ya se ha lanzado.
—¡En la vida me cogerÃan! —sigue con decisión—. Yo, amigos, a menudo le doy vueltas a esto, y no salgo de mi asombro: creo que me colarÃa por una grieta antes de dejarme atrapar.
—Descuida, que en cuanto te entrara hambre, no tardarÃas en ir a pedirle pan a un mujik.
Carcajada general.
—¿A pedirle pan? ¡No digas tonterÃas!
—Si no haces más que darle a la lengua. El tÃo Vaska y tú matasteis a uno que traÃa la muerte a las vacas[103], por eso estáis aquÃ.
Las carcajadas crecen. A los tipos serios se les ve cada vez más indignados.