Memorias de la casa muerta

Memorias de la casa muerta

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Todos volvieron a reírse. Justo lo que le hacía falta a Skurátov, que no podía pasarse sin hacer el bufón. Pronto se cansaron de él y volvieron a ocuparse de temas serios. Los que emitían juicios eran, sobre todo, los más mayores y los expertos en la materia. Los más jóvenes, y los más tranquilos, se limitaban a observarles complacidos e intentaban enterarse bien de lo que decían; el grupo que se había juntado en la cocina era muy numeroso; por descontado, allí no había suboficiales. En su presencia no se habrían dicho todas esas cosas. Entre los que mejor se lo pasaban, me fijé en un tártaro, Mametka, bajo, de pómulos salientes, con un tipo extremadamente cómico. Apenas hablaba ruso y no entendía casi nada de lo que los otros estaban diciendo, pero él también se esforzaba por escuchar, levantando la cabeza por encima del gentío, y disfrutaba enormemente.

—¿Qué, Mametka, yakshi[105]? –le abordó Skurátov, que no tenía nada mejor que hacer, tras haberle dado de lado todos los demás.

¡Yakshi, yakshi! –farfulló animándose Mametka, asintiendo a Skurátov con su cómica cabeza—. ¡Yakshi!

—¿No les cogerán, yok[106]?

¡Yok, yok! –y Mametka volvió a removerse, agitando incluso los brazos esta vez.


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