Memorias de la casa muerta

Memorias de la casa muerta

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—O sea, si tú te has confundido, yo no me he dado ni cuenta, ¿verdad?

—¡Eso, eso, yakshi! –insistió Mametka, asintiendo con la cabeza.

—Muy bien, pues yakshi.

Y Skurátov, tras darle a Mametka un golpe en el gorro, que se le quedó encasquetado hasta los ojos, salió de la cocina de un excelente humor, dejando a aquel algo desconcertado.

Durante toda una semana, las medidas severas se mantuvieron en la prisión, al igual que ocurrió con las persecuciones redobladas y las pesquisas por los alrededores. No sé cómo lo harían, pero a los reclusos les llegaban de inmediato y con absoluta precisión todas las novedades sobre las maniobras de los superiores fuera de la prisión. Los primeros días todas las noticias eran favorables a los fugados: nadie sabía nada de ellos, habían desaparecido sin más. A los nuestros no se les borraba la sonrisa de la cara. Se desvaneció cualquier posible inquietud sobre el destino de los fugados. «¡No encontrarán nada, no cogerán a nadie!», decían con suficiencia.

—Nada de nada; ¡ni rastro!

—Adiós; no os preocupéis por mí, ¡hasta la vista!


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