Memorias de la casa muerta

Memorias de la casa muerta

🎯 ¿Cansado de los anuncios?
Elimínalos ahora 🚀

Se calló y esa tarde ya no dijo ni una palabra más. Pero a partir de entonces siempre buscaba la ocasión de hablar conmigo, aunque por el respeto que, sin saber por qué, me tenía, nunca se atrevía a dirigirme él primero la palabra. En cambio, se ponía muy contento cuando yo me dirigía a él. Yo le hacía preguntas sobre el Cáucaso y sobre su vida anterior. Sus hermanos no le impedían hablar conmigo, e incluso lo veían bien. Al ver que cada vez sentía más cariño por Alí, empezaron a mostrarse infinitamente más amables conmigo.

Alí me ayudaba en el trabajo, me prestaba cuantos servicios podía en el barracón, y se notaba que le resultaba muy grato aliviar mi suerte y complacerme, y en ese deseo de complacerme no había la menor humillación o afán de lucro, sino un sentimiento de cálida amistad, que ya no me ocultaba. Entre otras cosas, tenía una gran habilidad para las artes manuales: aprendió a coser bien la ropa blanca, remendaba las botas y, más tarde, aprendió, hasta donde era posible, el oficio de carpintero. Sus hermanos no cesaban de alabarle y estaban orgullosos de él.

—Escucha, Alí —le dije un día—, ¿por qué no aprendes a leer y a escribir en ruso? ¿Sabes lo útil que te puede ser aquí, en Siberia, más adelante?

—Me gustaría mucho, pero ¿quién va a enseñarme?


👉 Descargar el audiolibro GRATIS en Amazon
Reportar problema / Sugerencias

eXTReMe Tracker