Memorias de la casa muerta

Memorias de la casa muerta

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—Aquí no falta gente que sabe leer y escribir. Pero, si quieres, yo te enseñaré.

—¡Ah, enséñame, por favor! —E incluso al mirarme se incorporó en el camastro y juntó las manos en ademán de súplica.

Emprendimos la tarea a la tarde siguiente. Yo tenía una traducción rusa del Nuevo Testamento, libro que no estaba prohibido en el penal. Sin un abecedario, sólo con este libro, Alí aprendió a leer a la perfección en unas cuantas semanas. Al cabo de tres meses, comprendía completamente la lengua escrita. Estudiaba con ardor, con pasión.

Una vez leímos juntos todo el Sermón de la Montaña. Me di cuenta de que pronunciaba algunos pasajes con un sentimiento particular.

Le pregunté si le gustaba lo que había leído.

Me lanzó una rápida mirada y enrojeció.

—¡Ah, sí! —respondió—. Él, sí, Isa es un santo profeta. Isa habla la palabra de Dios[30]. ¡Qué bien!

—¿Qué es lo que más te gusta?

—Donde dice: Perdona, ama, no hagas mal a nadie, ama a tus enemigos. ¡Ah, qué bien habla!


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