Memorias de la casa muerta

Memorias de la casa muerta

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Viví mucho tiempo con Sushílov, unos cuantos años. Poco a poco me tomó un apego extraordinario; yo me daba cuenta y me fui habituando a él. Pero un día —nunca podré perdonármelo—, él no cumplió un encargo mío, a pesar de lo cual me cogió el dinero, y yo tuve la crueldad de decirle: «Sushílov, usted coge el dinero, pero no hace las cosas». Sushílov se calló, hizo el encargo, pero se sumió en una gran tristeza. Pasaron dos días. Yo pensé: no puede ser que esté así por mis palabras. Yo sabía que un recluso, Antón Vasíliev, le reclamaba con insistencia una deuda de algunos groshes. Seguramente él no tenía dinero, pero no se atrevía a pedírmelo. Al tercer día le dije: «Sushílov, me parece que usted quería pedirme dinero, para Antón Vasíliev. Pues tenga». Yo estaba sentado en el camastro; Sushílov estaba de pie delante de mí. Me pareció que le había impresionado mucho que yo le ofreciese el dinero y me hubiese acordado de su apurada situación, sobre todo porque en los últimos tiempos, a su juicio, me había sacado mucho dinero y no esperaba que yo le diese más. Miró el dinero, luego a mí, y de pronto dio media vuelta y se marchó. Todo eso me conmovió mucho. Salí tras él y le encontré detrás de los barracones. Estaba de pie, frente a la empalizada, con la cabeza pegada a una estaca y una mano apoyada en ella. «Sushílov, ¿qué le pasa?», le pregunté. No me miró y yo, lleno de asombro, observé que estaba a punto de llorar. «Alexánder Petróvich, usted piensa —exclamó con voz entrecortada, esforzándose por mirar a otro lado— que yo… a usted… que es por el dinero… pero yo… yo… ¡ah!» Volvió de nuevo la cara a la empalizada, de tal modo que casi se dio un golpe en la frente, y ¡rompió a llorar!… Era la primera vez que yo veía llorar a un hombre en el presidio. A duras penas pude consolarle y, desde entonces, empezó a servirme y a «cuidarme» con mayor celo, si cabe, pero por algunos detalles casi imperceptibles me di cuenta de que su corazón nunca pudo perdonarme mi reproche. Y, sin embargo, los demás se burlaban de él, aprovechaban cualquier ocasión para meterse con él, a veces le insultaban duramente, pero él se llevaba bien con ellos y nunca se enfadaba. Sí, es muy difícil llegar a conocer a una persona, ¡incluso después de tratarle muchos años!


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