Memorias del subsuelo
Memorias del subsuelo —Segundo punto: detesto a los que frecuentan los cotillones. Tercer punto: soy partidario de la verdad, la sinceridad, la honradez. —Hablaba maquinalmente, petrificado de horror, no comprendiendo cómo me atrevÃa a expresarme as×. Me inclino ante el pensamiento, señor Zverkov, ante la verdadera camaraderÃa, en pie de igualdad… Bueno, pero esto no impide que también yo beba a su salud, señor Zverkov. Seduzca a las jóvenes circasianas, mate a los enemigos de la patria, y… ¡a su salud, señor Zverkov!
Zverkov se levantó, me hizo una inclinación de cabeza y respondió:
—Le estoy muy agradecido… Se sentÃa profundamente ofendido. Incluso palideció.
—¡Que se vaya al diablo! —aulló Trudoliubov dando un fuerte puñetazo en la mesa.
—¡Hay que partirle la cabeza! —gritó Ferfitchkin con su penetrante voz.
—¡Debemos echarlo! —gruñó Simonov.
—¡Ni una palabra, señores, ni un gesto! —exclamó solemnemente Zverkov, calmando el furor general—. Les doy las gracias a todos, pero yo mismo probaré a este caballero el valor que concedo a sus palabras.
—Señor Ferfitchkin —dije con acento teatral hacia él—. Mañana mismo me dará usted una satisfacción por las palabras que ha pronunciado hace un momento.
—¿Un duelo? —exclamó—. ¡Encantado!