Memorias del subsuelo
Memorias del subsuelo Y cuanto más se acercaba la noche y la oscuridad se hacÃa más densa, mis impresiones y, en consecuencia, mis ideas eran menos claras: se mezclaban, se confundÃan. HabÃa algo en mÃ, en el fondo de mi pensamiento, que se negaba a desaparecer y que se traducÃa en una extraña angustia. Vagabundeaba por las calles más animadas, más comerciales: la Miesstchanskaia, la Sadovaia, las proximidades del jardÃn de Yusupov. Me gustaba pasear por estas calles especialmente al atardecer cuando están llenas de gente: transeúntes afanosos, comerciantes, artesanos que, tras su jornada de trabajo, regresan a sus casas, acentuadas sus facciones por la fatiga. Me encantaba esta agitación de la vida cotidiana. Pero, aquella tarde, el bullicio sólo sirvió para irritarme más de lo que estaba. No podÃa dominarme. Algo se despertaba en mi alma, torturándome, sin que yo lograra aplacarlo. Volvà a casa, completamente desorientado. TenÃa la sensación de que pesaba un crimen sobre mi conciencia.
Me atormentaba la idea de que Lisa se presentara de un momento a otro. Entre todos mis recuerdos del dÃa anterior, el de Lisa permanecÃa aparte y me inquietaba singularmente. Al caer la tarde, habÃa dejado de pensar en todo lo demás. SeguÃa sintiéndome satisfechÃsimo de mi carta a Simonov; pero cuando pensaba en Lisa, mi satisfacción desaparecÃa por completo. Asà advertà que la única causa de mi desazón era Lisa.