Nietochka Nezvanova

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—Pero ¿acaso te obligo, acaso te fuerzo a ello? —arguyó el propietario fuera de sí, máxime cuando la discusión tenía lugar en presencia del violinista del conde, quien podía deducir de aquella escena que la suerte de los músicos suyos era poco envidiable—. ¡Vete ahora mismo, ingrato, donde no te vea!… ¿Qué hubieras hecho sin mi, con tu clarinete que no sabes tocar?… En mi casa estás alimentado, vestido y bien pagado; recibes tu salario con puntualidad; eres un artista y no quieres comprenderlo… No quieres… ¡Vete, y no me exasperes más con tu presencia!…

El propietario prefería siempre quitar de su vista a aquellos contra quienes se encolerizaba, pues temía no ser muy dueño de sí; además, por nada del mundo hubiera querido comportarse violentamente con un artista, como él llamaba a todos sus ejecutantes.

No se cerró, pues, el trato y el incidente parecía haber terminado así, cuando dé improviso, un mes después, el violinista del conde suscitó un asunto muy grave. Bajo su propia responsabilidad presentó contra mi padrastro una denuncia, donde se proponía demostrar que este era el autor de la muerte del italiano, a quien había asesinado con propósito de lucro, a fin de convertirse en el poseedor de la cuantiosa herencia. El denunciante declaraba que el testamento constaba escrito porque se obligó a ello al difunto, y prometía presentar testigos para sostener su acusación.


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