Nietochka Nezvanova
Nietochka Nezvanova —Egor —le dijo—, ¿por qué me has ofendido as�
Efimov no respondió. El propietario repitió su pregunta. Un sentimiento profundo, una expectante angustia vibraba en sus palabras.
—Dios sabe por qué le he ofendido asà —respondió, por fin, mi padrastro, haciendo un movimiento con la mano—. Parece como si me hubiese tentado el diablo… Ni yo mismo lo sé… No podÃa vivir en su casa… El diablo se ha apoderado de mÃ…
—Egor —prosiguió el propietario—, vuelve a mi casa; lo olvidaré todo y te lo perdonaré todo. Escucha: serás el primero de mis músicos y te daré un sueldo superior al de los demás.
—No, señor, no; no me hable. ¡No puedo vivir en su casa!… Le repito que el diablo se ha apoderado de mÃ… IncendiarÃa su palacio si me quedara… A veces me invade tal congoja, que quisiera no haber nacido… Ahora no puedo siquiera responder de mÃ. No, señor; más vale que me deje… Todo esto data de cuando aquel diablo trabó amistad conmigo…
—¿Quién? —preguntó el propietario.
—El que reventó como un perro. Aquel maldito italiano…
—¿Fue él, Egor, quien te enseñó a tocar?
—SÃ, él me enseñó varias cosas para perderme… ¡Más me valiera no haberle conocido nunca! …