Nietochka Nezvanova
Nietochka Nezvanova —¿Acaso era un maestro tocando el violÃn, Egor?
—No; tocaba mal, pero enseñaba bien. Yo lo aprendà todo. Él me enseñaba únicamente… ¡Más me habrÃa valido que mi mano se hubiera paralizado antes de aprender este arte!… Ahora no sé yo mismo lo que quiero… Señor, aunque me dijese usted: Egor, ¿qué deseas? Puedo dártelo todo, no le pedirÃa nada, porque yo mismo no sé qué deseo… No, señor; se lo repito una vez aún: vale más dejarme… Haré algo para que se me envÃe muy lejos y termine todo…
—Egor —dijo el propietario, tras de un momento de silencio—, no te dejaré asÃ. Si no quieres volver a mi casa, bien: eres libre y no puedo retenerte; pero no te abandonaré asÃ… Toca algo en tu violÃn, Egor; toca… Te lo suplico; toca… No se trata de una orden, ¿comprendes?… Te lo suplico. Toca, Egor. Por Dios, toca lo mismo que tocaste en presencia del francés… Tú eres obstinado, y yo también. Yo también tengo mi carácter, Egor… No viviré mientras no hayas tocado en mi presencia lo que tocaste en presencia del francés…
—Bien —dijo Efimov—. HabÃa jurado no tocar delante de usted, señor; pero ahora se ablanda mi corazón. Tocaré… Sin embargo, será por primera y última vez, y nunca más, señor, volverá a oÃrme, aunque me prometiese mil rublos.