Nietochka Nezvanova
Nietochka Nezvanova Una tarde, al anochecer, leÃa yo distraÃdamente un libro en el gabinete de trabajo de Alejandra Mijailovna. Ella estaba sentada delante del piano, improvisando sobre uno de sus motivos favoritos de la música italiana. Cuando pasó, por fin, a la pura melodÃa, transportada por la música que me penetraba el corazón, comencé tÃmidamente, a media voz, a tararear aquel aire. Bien pronto, arrebatada por completo, me levanté de mi sitio y me acerqué al piano. Alejandra Mijailovna, como si hubiera adivinado mi intención, continuó acompañándome, siguiendo con amor cada nota de mi voz. ParecÃa emocionada ante su riqueza. Hasta aquel dÃa no habÃa cantado nunca delante de ella y yo misma no sabÃa si tenÃa voz. Pero aquella tarde, de pronto, las dos nos excitamos; yo subÃa la voz cada vez más, y el asombro de Alejandra Mijailovna estimulaba en mi más aún la fuerza y la pasión. Por fin terminó mi canto con tanta vida y fuerza, que, entusiasmada, me cogió las manos y me miró con júbilo.
—Anita, tienes una voz admirable —dijo—. ¡Dios mÃo!, ¿cómo no lo habré notado antes?
—Yo misma no lo sabÃa —respondÃ, enajenada de placer.
—¡Dios te bendiga, mi querida niña! ¡Dale las gracias por haberte concedido ese don!… ¡Quién sabe!… ¡Oh, Dios mÃo, Dios mÃo!…