Nietochka Nezvanova
Nietochka Nezvanova Di, ¿qué era yo para ti antes de conocerte?… ¡Dios mío!… Han transcurrido ya dos años, y hasta ahora he sido como un hombre sin conocimiento; hoy mismo no puedo comprender por qué me has amado. Acuérdate de lo que yo era en comparación contigo. ¿Era yo digno de ti? ¿Poseía algún mérito particular? Ante ti resultaba grosero y torpe; mi carácter era triste y taciturno. No deseaba otra vida ni pensaba en ella; no la anhelaba ni quería anhelarla. Todo en mí se hallaba oprimido, y no veía nada en el mundo más importante que mi trabajo cotidiano y maquinal. No me cuidaba del mañana; hasta para este cuidado me mostraba indiferente. Antes —hace mucho tiempo de esto— pensé en algo. Pensé como un tonto. Pero luego transcurrieron muchos días y comencé a vivir solo, severamente, tranquilamente, sin sentir siquiera el frío que helaba mi corazón. Todos mis ensueños estaban adormecidos. Sabía —lo había decidido— que nunca otro sol brillaría para mí. Lo creía y no me indignaba, porque debía ser así. Cuando pasaste por delante de mí, no comprendí que pudiera atreverme a levantar los ojos hasta ti. Era como un esclavo en tu presencia. Mi corazón no temblaba junto a ti, no me decía nada de ti. Estaba seteno. Mi alma no reconocía la tuya, aunque sentía la dulzura junto a su hermana maravillosa.