Nietochka Nezvanova
Nietochka Nezvanova Se desabrochó el chaleco y sacó una llave que llevaba colgada al cuello, pendiente de una cinta negra; luego, mirándome misteriosamente, como si deseara leer en mis ojos la satisfacción que, según él, debía manifestar, abrió el cofre, y con mil precauciones extrajo de él una caja negra, de forma extraña, que yo no había visto nunca. Cogió aquella caja con algo de temblor, y su fisonomía se transfiguró en seguida: la risa desapareció de su semblante que, de pronto, adquirió una expresión grave y solemne. Por fin, con la llave, abrió la caja misteriosa y sacó de ella un objeto que tampoco había visto nunca; un objeto cuya forma me pareció al principio extraordinaria. Lo cogió cuidadosamente, respetuosamente, y me dijo que aquello era su instrumento, su violín. Entonces comenzó a explicarme en voz baja y solemne cosas que yo no comprendía. Solo he retenido en mi memoria las frases que ya conocía: que él era un artista, que tenía un gran talento, que un día tocaría el violín, y que entonces todos seríamos ricos y conoceríamos la felicidad. Las lágrimas acudían a sus ojos y corrían por sus mejillas. Yo me hallaba muy emocionada. Al cabo besó el violín, me hizo que también yo lo besara, y viendo mi gran deseo de examinarlo más de cerca, me condujo hacia la cama de mamá y me puso el violín en las manos; pero yo comprendía que temblaba ante el temor de que lo dejara caer y se rompiera. Tomé el violín con mis manos y rocé las cuerdas, que produjeron un sonido muy débil.