Noches blancas

Noches blancas

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Apartada, había una mujer apoyada en la barandilla del canal. Acodada en la reja, parecía observar con mucha atención el agua turbia del canal. Llevaba un encantador sombrero amarillo y una mantilla negra y coqueta. «Es joven, y seguro que morena», pensé yo. A lo que parece, ella no había oído mis pasos, ni siquiera se inmutó cuando pasé por su lado conteniendo la respiración y el corazón latiéndome con fuerza. «¡Qué extraño! —pensé—, debe de estar muy absorta en sus pensamientos», y entonces me quedé clavado. Me había parecido oír un sollozo ahogado. Así era, no me había equivocado: la joven estaba llorando y su pena aumentaba a cada momento. ¡Dios mío! Tenía el corazón en un puño. Y, por muy tímido que fuera con las mujeres, era una situación que… Retrocedí, caminé hacia ella y sin duda alguna hubiera dicho: «¡Señorita!», de no haber sabido que esta exclamación se había dicho ya miles de veces en todas las novelas rusas sobre la aristocracia. Fue lo único que me detuvo. Mientras yo andaba buscando una palabra, la joven salió de su ensimismamiento, giró la cabeza, me descubrió, bajó la vista y se escabulló de mí siguiendo la orilla. Habría salido tras ella, pero se dio cuenta y se apartó de la orilla, cruzó la calle y echó a andar por la acera. Yo no me atreví a cruzar la calle. Mi corazón trepidaba igual que el de un pajarito atrapado. Y entonces un incidente vino en mi ayuda.


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