De Paris a Cadiz
De Paris a Cadiz Ayer, Madame, al dejar el palacio, me hice conducir al Prado. Su larga avenida, similar a la de los Champs-Élysées, estaba en llamas; sólo que esas llamas, en lugar de figurar los tradicionales festones y las acoladas oficiales del Primero de mayo y del 29 de julio, brotaban de todos los colores y adoptaban todas las formas: catedrales, flores, castillos góticos, palacios moriscos, guirnaldas, estrellas, soles: se dirÃa que todo nuestro sistema planetario se habÃa agrupado para brindar una fiesta a nuestro pobre globo. No he visto nada semejante, a excepción de la fiesta de la Luminara de Pisa. No sé si no me han dicho que esas luminarias costaban cien mil francos por dÃa: no me extrañarÃa nada.
Además, Madame, vea usted, dentro del mismo rectángulo delimitado por esas luminarias, pasan a pie tantas criaturas admirables por las sendas laterales, tantas maravillosas beldades en coche que, y éste es el único modo de traducir mi pensamiento, es a las mujeres feas que uno distingue y que mira en Madrid. En cuanto a las otras, ¡por mi vida!, la tarea es excesiva, y uno renuncia. Después de habernos paseado durante dos horas en medio de ese fuego cruzado de luminarias y miradas, entramos al teatro del Circo. Era precisamente el momento del baile nacional,[39] la bailarina principal estaba en escena. Esta bailarina principal es francesa y se llama, creo habérselo dicho, madame Guy Stephen.