El caballero de la casa roja
El caballero de la casa roja Con el corazón embargado de celestial alegría regresó Maurice a su puesto y encontró a la señora Tison llorando. El joven le preguntó qué le ocurría.
—Que estoy furiosa —respondió la carcelera—. Todo es injusticia para los pobres; usted es rico y burgués, y se le permite traer visitas que regalan ramos de flores a la austriaca; a mí, que vivo perpetuamente en el palomar, se me prohíbe ver a mi hija.
Maurice le tomó la mano y le deslizó en ella un asignado[14] de diez libras.
—Tome y tenga valor —le dijo—, la austriaca no durará eternamente.
En el momento en que la mujer tomaba la nota y le daba las gracias, llegó Simon, que escuchó las palabras de la mujer y observó como se guardaba el asignado en un bolsillo.
En el patio, Simon se había encontrado con Lorin; al verle había palidecido y, sacando un lapicero del bolsillo de su casaca, había aparentado escribir una nota en una hoja de papel casi tan sucia como sus manos.
—¿Sabes escribir desde que eres preceptor del Capeto? Mirad, ciudadanos; palabra de honor que está apuntando; es Simon el censor.