El caballero de la casa roja
El caballero de la casa roja —A veces. Hoy, por ejemplo…
—Cree en Él —dijo el ciudadano Théodore poniendo diez luises en la mano del carcelero.
—¡Diablo! —dijo este, mirando el oro a la luz de su farol—. ¿Entonces es en serio?
—Ve mañana al Puits-de-Noé y te diré lo que quiero de ti. ¿Cómo te llamas?
—Gracchus.
—Pues bien, ciudadano Gracchus, de aquà a mañana hazte expulsar por el portero Richard.
—¿Expulsar? ¿Y mi plaza?
—¿Es que piensas seguir de carcelero, teniendo cincuenta mil francos?
—No; pero siendo carcelero y pobre, estoy seguro de no ser guillotinado; mientras que siendo libre y rico…
—Ocultarás tu dinero y harás la corte a una calcetera, en vez de hacérsela a la dueña del Puits-de-Noé.
—Bien; está dicho.
—Mañana en la taberna. A las seis de la tarde.
—Eche a volar rápido, que ya están ahÃ… Digo volar porque supongo que ha descendido a través de las bóvedas.
—Hasta mañana —repitió Théodore huyendo.